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Boletín # 20
  setiembre-octubre 2007

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La agenda social mundial
Silvio Caccia Bava - Presidente de ALOP

La cuestión de la agenda social mundial reviste una importancia y una proyección mucho mayor que su influencia sobre las ONGs. Ella de hecho pretende pautar la producción de conocimiento en el análisis de las cuestiones sociales y el campo en el cual la disputa de alternativas define también el campo del conflicto social. Como viene ocurriendo, toda esa producción de respuestas a las presiones de la sociedad se orienta a disociarlas de las políticas macro-económicas, de los procesos históricos y de los intereses nacionales e internacionales en conflicto, en cada caso concreto.

Los análisis de los principales organismos de las Naciones Unidas, como es el PNUD, por ejemplo, son indicativos de este nuevo abordaje. El impacto de sus publicaciones anuales que evalúan el estado del mundo es enorme. Y conceptos como el desarrollo humano y sustentable, o los análisis de Amartya Sen, pasan a estar presentes en todas las discusiones que envuelven la búsqueda de nuevos paradigmas para la configuración de las sociedades futuras.

Cada año el Banco Mundial publica su “World Development Report” (o informe sobre el desarrollo de mundo), publicación que se torna referencia obligatoria en los medios universitarios y en las Naciones Unidas. Esa publicación tiene el propósito de fijar los grandes temas que, durante un cierto tiempo, ocuparán a las agencias especializadas de la ONU, las universidades y, más allá, la opinión pública.

Esa agenda social mundial, según Pierre Bordieu, está compuesta de “lugares comunes” – en el sentido aristotélico de las nociones o tesis con las cuales se argumenta, mas sobre las cuales no se argumenta nunca – que deben lo esencial de su fuerza de convicción al prestigio del lugar del que emanan y al hecho de que circulando intensamente, de Berlín a Buenos Aires y de Londres a Lisboa, están presentes simultáneamente por todos lados. De hecho, esos pensamientos son retransmitidos con fuerza por estas instancias pretendidamente neutras del pensamiento neutro que son los grandes organismos internacionales: Banco Mundial, Comisión Europea, Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). En esto son secundados por los laboratorios de las ideas conservadoras (Manhattam Institute, de Nueva York; Adam Smith Institute, de Londres; Fondation Saint Simom, de Paris; Deutsche Bank Foundation, de Frankfurt), por las instituciones de filantropía, por las escuelas de poder (Institut d´Études Politiques, en Francia; London School of Economics, en Inglaterra; Harvard Kennedy School of Government, en los Estados Unidos, etc.) y por los grandes órganos de prensa.1

En un reciente artículo publicado en Le Monde Diplomatique, Jean Ziegler atribuye a los ideólogos del Banco Mundial un infatigable trabajo de multiplicar teorías justificativas que, según él, al mapear el campo del conflicto e identificar las principales críticas y demandas de la sociedad, las trabajan y las transforman en propuestas disociadas de cualquier historicidad que, mientras tanto, pasan a ocupar el espacio del debate público sobre las cuestiones sociales.

Tal vez la clave que nos permita comprender todo ese proceso nos haya sido dada por Ziegler e Bordieu, cuando identifican el papel de estas agencias internacionales y especialmente el papel que viene asumiendo el Banco Mundial como productores de ideología. Ideología es aquello que tiene por función, al imponerse como discurso racional, de impedir la interrogación sobre los fundamentos, la legitimidad y la evolución del orden social, como nos enseña Claude Lefort.

Por esta vía de explicación, las causas de la profundización de la pobreza y la desigualdad en el mundo son dejadas de lado, la globalización de los mercados en los moldes del Consenso de Washington pasa a ser comprendida como un proceso inexorable, las políticas posibles para enfrentar los males del mundo son las apuntadas en una agenda social mundial para cuya definición la contribución del Banco Mundial tiene un papel determinante.

Este complejo juego de la disputa por los significados hace parte de un juego más amplio de poder, conforme nos advierte Francisco de Oliveira: “Imponer la agenda no significa necesariamente tener éxito, ganar la disputa; antes, significa crear un campo específico dentro del cual el adversario es obligado a moverse. Es evidente que el adversario, en sus movimientos, intenta, a su vez, deshacerse de la pauta y salir fuera de la agenda que le es ofrecida/impuesta. Y en ese intercambio, desigual, es que se estructura el proprio conflicto, o el juego de la política. Hay, pues, en la política, un permanente cambio de calidad. La fuerza de una invención se expresa en la capacidad de mantener al adversario en los límites del campo creado por la propuesta/respuesta, y esto confiere estabilidad al campo político, permaneciendo la pauta y la agenda de las cuestiones”.2

 

1. BORDIEU, Pierre; “Una nueva vulgata planetaria”; Editorial Aún creemos en los sueños; 2002; Santiago de Chile; p. 42.
2.
OLIVEIRA, Francisco de; “Política numa era de indeterminação: opacidade e reencantamento”; paper; São Paulo; 2002.

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